Tiresias era un ciego, famoso por su poder de adivinación, y por lo tanto de todos lados iba la gente a consultarle el futuro. Liríope, una hermosa mujer, dio a luz un hijo muy hermoso y lo llamó Narciso. Luego acudió a Tiresias para que le adivinara el destino a su hijo, y sobre todo si tendría larga vida.
-Vivirá mucho si él no se ve a sí mismo- respondió Tiresias. La madre se retiró sin entender el enigmático vaticinio del ciego. Narciso creció, bello, esbelto, atractivo.
No había mujer que no lo deseara, pero él las desdeñaba a todas. Un día, estando de caza, lo sorprendió la ninfa Eco, una maravillosa muchacha que tenía un defecto: no podía pronunciar las frases enteras, sino el final de las oraciones que quería expresar o que otro pronunciaba.
Eco se enamoró de inmediato del efebo y lo siguió entre los árboles, ríos y senderos. Finalmente se acercó, quiso llamarlo, expresarle su pasión... Pero no pudo.
Narciso oyó sus pasos, se sobresaltó, buscó a sus acompañantes y gritó: "¿Quién está aquí?"
Eco, entonces, repitió: "...Está aquí".
Narciso oyó esa voz y se quedó prendado de su hermosura, pero no alcanzó a divisar a Eco, escondida entre los árboles.
-Juntémonos -clamó Narciso.
-Juntémonos -repitió ella.
Eco se presentó y lo abrazó. Pero el mancebo se desilusionó... y se apartó. Amaba la voz, pero sin la persona.
-¡No creerás que te amo! -le dijo a Eco con fría precisión de desapego.
-Te amo -respondió ella.
Narciso huyó de Eco. La ninfa, menospreciada, cayó al suelo en agonía de amor y de deseo maltrecho, y pensó:
-Ojalá cuando él ame como yo amo, se desespere como yo me estoy desesperando.
Némesis, diosa de la venganza, se encargó del resto; escuchó el pensamiento de Eco y decidió ponerlo en práctica: Narciso llegó a una fuente de agua clara que brotaba en medio de un valle encantador. Y habiéndose tumbado en el césped para beber, Cupido, curioso dios del amor, le clavó por la espalda su flecha.
Narciso se inclinó sobre la fuente y vio su imagen reflejada en el agua. Creyó, insensatamente, que aquel rostro que contemplaba era el de un ser real, ajeno a sí mismo. Y se enamoró. Se enamoró del rostro, de la melena selvática. Había encontrado el amor.
El objeto del amor era él mismo.
Y como en todo amor, quería poseer a su objeto amoroso; quería besarlo, besarse. Pero no pudo alcanzar su objetivo.
Una voz tronó en el aire y le dijo:
-¡Insensato! Te has enamorado de un vano fantasma. Retírate de esa fuente y verás como la imagen desaparece. Y, no obstante, contigo está, contigo vino, contigo se va, y no lograrás poseerla nunca.
Narciso lloró, desfalleció en lágrimas de desprecio. El ardor lo consumía lentamente. Fue tomando los colores de las manzanas de rojo pálido y dorado. Finalmente se transformó en una flor hermosa, que se seguía contemplando en el espejo del agua. Dicen que antes de desaparecer dijo: "Adiós...".
Y dicen que, en ese momento, en otra pradera, Eco caía sobre el césped, expirando el alma, y repetía: "Adiós".
Este texto fue escrito por el filósofo Jaime Barylko.


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