jueves, 5 de septiembre de 2013

¿Es usted pariente de Narciso? La historia de Narciso como paradigma del individualismo


El individualismo que se ha entronizado en nuestro siglo bien encuentra su paradigma en la historia de Narciso, tal cual la narra el poeta romano Ovidio:
Tiresias era un ciego, famoso por su poder de adivinación, y por lo tanto de todos lados iba la gente a consultarle el futuro. Liríope, una hermosa mujer, dio a luz un hijo muy hermoso y lo llamó Narciso. Luego acudió a Tiresias para que le adivinara el destino a su hijo, y sobre todo si tendría larga vida.
-Vivirá mucho si él no se ve a sí mismo- respondió Tiresias. La madre se retiró sin entender el enigmático vaticinio del ciego. Narciso creció, bello, esbelto, atractivo.
No había mujer que no lo deseara, pero él las desdeñaba a todas. Un día, estando de caza, lo sorprendió la ninfa Eco, una maravillosa muchacha que tenía un defecto: no podía pronunciar las frases enteras, sino el final de las oraciones que quería expresar o que otro pronunciaba.
Eco se enamoró de inmediato del efebo y lo siguió entre los árboles, ríos y senderos. Finalmente se acercó, quiso llamarlo, expresarle su pasión... Pero no pudo.
Narciso oyó sus pasos, se sobresaltó, buscó a sus acompañantes y gritó: "¿Quién está aquí?"
Eco, entonces, repitió: "...Está aquí".
Narciso oyó esa voz y se quedó prendado de su hermosura, pero no alcanzó a divisar a Eco, escondida entre los árboles.
-Juntémonos -clamó Narciso.
-Juntémonos -repitió ella.
Eco se presentó y lo abrazó. Pero el mancebo se desilusionó... y se apartó. Amaba la voz, pero sin la persona.
-¡No creerás que te amo! -le dijo a Eco con fría precisión de desapego.
-Te amo -respondió ella.
Narciso huyó de Eco. La ninfa, menospreciada, cayó al suelo en agonía de amor y de deseo maltrecho, y pensó:
-Ojalá cuando él ame como yo amo, se desespere como yo me estoy desesperando.
Némesis, diosa de la venganza, se encargó del resto; escuchó el pensamiento de Eco y decidió ponerlo en práctica: Narciso llegó a una fuente de  agua clara que brotaba en medio de un valle encantador. Y habiéndose tumbado en el césped para beber, Cupido, curioso dios del amor, le clavó por la espalda su flecha.
Narciso se inclinó sobre la fuente y vio su imagen reflejada en el agua. Creyó, insensatamente, que aquel rostro que contemplaba era el de un ser real, ajeno a sí mismo. Y se enamoró. Se enamoró del rostro, de la melena selvática. Había encontrado el amor.
El objeto del amor era él mismo.
Y como en todo amor, quería poseer a su objeto amoroso; quería besarlo, besarse. Pero no pudo alcanzar su objetivo.
Una voz tronó en el aire y le dijo:
-¡Insensato! Te has enamorado de un vano fantasma. Retírate de esa fuente y verás como la imagen desaparece. Y, no obstante, contigo está, contigo vino, contigo se va, y no lograrás poseerla nunca.
Narciso lloró, desfalleció en lágrimas de desprecio. El ardor lo consumía lentamente. Fue tomando los colores de las manzanas de rojo pálido y dorado. Finalmente se transformó en una flor hermosa, que se seguía contemplando en el espejo del agua. Dicen que antes de desaparecer dijo: "Adiós...".
Y dicen que, en ese momento, en otra pradera, Eco caía sobre el césped, expirando el alma, y repetía: "Adiós".



Este texto fue escrito por el filósofo Jaime Barylko.

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